miércoles, 3 de diciembre de 2008

El tipo del rostro afilado


A continuación copio y pego la crónica de mi sexto maratón, corrido esta misma mañana por las calles de San Sebastián.

Antes de comenzar a leer, debo advertir al lector que esta crónica ha sido escrita muy pocas horas después de finalizar la prueba y por tanto claramente realizada bajo los efectos de una importante sobredosis de endorfinas. Es por ello que tal vez el autor (mismamente yo) haya tenido una visión ligeramente alterada de los hechos y de cómo sucedieron en la realidad.

O tal vez no.

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Hace tan solo unas horas...

Sí, apenas unas horas han pasado desde que crucé la meta de esta carrera.

Horas.

Un tiempo insuficiente para borrar de mi cabeza ese torbellino de sensaciones, alegrías, sentimientos y miserias espachurrados en el alma en el corto espacio de tiempo que separa dos líneas. La línea de salida. La línea de meta.

Escribo esta crónica desde el vagón de un tren que devuelve a casa a una persona feliz. Agotada. Cambiada para siempre por una nueva e intensa experiencia vital.

Empecé a correr este maratón una calurosa tarde de Junio. En un atasco, volviendo a casa del trabajo, una idea cruzó mi mente, “quiero correr un maratón antes de que acabe el año”

Y la idea vino para quedarse. No hizo ni falta salir del atasco para tener tomada la decisión del donde y el cuando. Donosti. 30 de Noviembre.

Cinco meses han pasado desde entonces. Cinco meses de ilusión, nervios, dudas y entrenamientos. Cinco meses corriendo esta carrera. En infinidad de ocasiones. En mi imaginación. Unas veces con final feliz. Otras no tanto.

Pero por mucho que uno imagine las cosas al final siempre está el destino preparado para sorprendernos.

No llovía ni soplaba el viento en ninguna de todas aquellas veces en que había corrido esta carrera en mi imaginación. Y sin embargo Eolo, sin yo saberlo, también había sacado dorsal para Donosti.

No comentaré nada en esta crónica de los dos estupendos días vividos en esta maravillosa ciudad, ni de los amigos con los que he compartido semejante experiencia.



Nueve de la mañana. Sopla fuerte el viento y el cielo amenaza con desplomarse sobre nuestras cabezas.

Tres mil corredores. Tres mil ilusiones.

Todos allí agrupados esperando que empiece la fiesta. Y en ese momento le veo por primera vez. En medio de la muchedumbre unos ojos me observan. Se clavan en mí.

Es un tipo de rostro afilado. Desafiante. Chulo. Tiene cara de hijoputa. Y estoy seguro de haberle visto antes, pero... ¿dónde?. No lo sé, pero me acordaré.

Retiro mi mirada de la suya. No quiero pensar en él. Ahora no. Quiero centrarme en las tres únicas cosas que en estos momentos deben de ocupar todos mis pensamientos.

Primera: un ritmo. Tatuado a fuego en mi mente. 5 minutos cada kilómetro. Ese ritmo memorizado en las últimas carreras y entrenamientos.

Segunda: un tiempo límite. 210 minutos. 3 horas y 30 minutos.

Tercera: una idea. Hoy voy a correr hasta reventar.



Mis piernas han empezado a moverse.

En los primeros kilómetros trato de quitarme los nervios y meterme en un buen grupo que me proteja del azote del viento. He decidido tratar de mantener el ritmo tatuado en mi mente pero no mirar el crono.

Al paso por el km.10 lo hago por primera vez y lo pico en 49:41. He clavado el ritmo y voy realmente cómodo pero sé que esto es muy largo.

A partir de aquí pasamos por el casco viejo de la ciudad donde la animación es espectacular. Pero el momento mágico de esta carrera es el primer paso por La Concha, donde el mar embravecido rompe con fuerza contra las rocas. Esa imagen de la espuma de las olas sobre las rocas mezclándose con el sonido de miles de zapatillas golpeando contra el asfalto será posiblemente el recuerdo imborrable que me llevaré de aquí para siempre.

Al paso por la media miro de nuevo el crono y me asusto al ver que marca 1:43:35. Estoy yendo un poco más rápido de lo pactado y me da miedo darme de bruces contra el famoso y temido muro.

Y es entonces, cuando los miedos asoman por primera vez, el momento en que le vuelvo a ver. Había notado su presencia en diferentes momentos de los últimos kilómetros, pero no había conseguido verle.

Ahora sí. El tipo me mira desde una esquina. Se ríe a grandes carcajadas y me hace un gesto con el pulgar hacia abajo.

Yo le contesto con el dedo índice hacia arriba.

A estas alturas ya ha empezado a llover. A ratos con fuerza. Pero no me importa. He venido aquí a correr y no a quejarme de los elementos.

Acercándome al km.30 el tipo sale de entre el público y de un salto se me sube a la chepa.

Intento zafarme de él, pero se agarra con uñas y dientes.

Le insulto. Le grito. Le llamo de todo. Pero el tipo no para de reír y patalear de placer. Disfruta su momento.

Su peso sobre mi espalda me obliga a bajar ligeramente el ritmo.

Pero al paso por el 35, al fin, con un brusco movimiento, consigo deshacerme de él. El tipo de rostro afilado cae de espaldas y se queda en el suelo mirándome con cara de sorpresa.

Y entonces soy yo el que suelta una profunda carcajada al ver su cara de enorme decepción.

Estamos entrando de nuevo en el casco viejo y ya sé que esta carrera será muy pronto una nueva muesca en mis zapatillas.

Escucho gritos. Gente que me anima por mi nombre. Pero ahora ya no veo sus caras. Solo mi sufrimiento, mi respiración agitada, mis doloridas piernas y mis zapatillas forman parte de mi mundo.

Todo lo demás ha dejado de existir. Conozco este mundo. Ya he pasado antes por aquí. Sé que el camino del maratón es un viaje al más profundo de los infiernos. Al más cruel. Allí donde se esconde la escalera que sube directamente al paraíso.

Y el paraíso aquí tiene forma de estadio. Estadio al que entro como un cohete. Ahora mis pies han dejado de tocar el suelo. Estoy levitando sobre la pista de atletismo.

Mientras veo el arco de meta a lo lejos me pregunto si existe algo en el mundo que me guste más que correr.

Y no soy capaz de encontrar una respuesta.

Y entonces le vuelvo a ver.

Pálido. Serio. Con la mirada clavada en mí.

Levanto los brazos., le miro a los ojos y cruzo la meta de esta maravillosa carrera.

Han sido 3 horas, 30 minutos y 5 segundos de eterno placer.

Me dejo caer en el suelo. Quiero vivir intensamente este momento aquí tumbado.

Estoy feliz.

¿Acaso no lleva siglos el hombre preguntándose el porque de su existencia? Pues en este momento lo tengo claro. Estamos aquí para poder vivir ESTO.

Y mientras pienso en ello noto una presencia junto a mi. Me giro y le veo allí. Sentado a mi lado. Me observa con solemnidad.

Antes de poder recriminarle nada de su comportamiento el tipo extiende su mano hacia mí. Con las pocas fuerzas que me quedan se la estrecho fuertemente.

Ahora ya sé quien es. Ahora puedo recordar muy bien donde le había visto antes.

“¡Enhorabuena! Esta vez has ganado tú”, me dice.

Y sonriendo por primera vez añade: “¿Acaso no te sientes ahora el tío más grande del mundo?”

“Claro que sí, Sr. Maratón. CLARO QUE SI”