
¿Podéis imaginar un autobús lleno a rebosar de tíos fibrosos vestidos únicamente con unos minúsculos bañadores de esos de nadar?
No, no penséis mal. No se trata del argumento de una película gay ni del sueño erótico de Alberto de Mónaco. No.
La escena, para incredulidad de los ojipláticos viandantes de la zona, se produjo el pasado domingo en la ciudad de Valencia.
La legión de marcapaquetes, marcados todos ellos con grandes números en sus brazos, no eran más que los participantes en la XV edición de la travesía a nado del Puerto de Valencia recorriendo, como anchoas en una lata, los dos kilómetros que separaban la meta de la salida.
A pesar del apelotonamiento de humanidad existente dentro del buseto, el ambiente era completamente festivo. Se oían risas, bromas y algún que otro grito divertido. Caras alegres y algunos nervios.
Y en mitad de la escena, pasando completamente inadvertidos para los demás, dos tipos ojerosos, resacosos y con aliento a tabaco, whisky y mala vida se preguntaban de alguna manera que cojones hacían ahí metidos.
Sí. He de confesar que mi debut en esto de las travesías llegó precedido de una noche en las fiestas de Alzira, de unos cigarros, unas cervezas, unas copas y menos de tres horas de un sueño inquieto en cama prestada. Todo un privilegio comparado con la hora escasa que durmió mi compañero de aventura y amigo Joserín de los bosques.
Hay por ahí quien incluso asegura que se me pudo ver en un concierto de un tal David Bisbal la noche de autos. Por supuesto se trata, sin ningún genero de dudas, de una confusión o incluso de una falacia malintencionada.
“¡¡DOS MINUTOS PARA LA SALIDA!!!” gritó la mujer del megáfono.
Comparado con lo nervioso que estaba el día que tuve que nadar en el lago de la casa de campo para el triatlón por relevos me encontraba muy tranquilo a estas alturas de la película. Y eso que la distancia era bastante más del doble.
Si algo bueno tienen las resacas es que te rebajan los biorritmos hasta dejarte próximo a la sedación. La resaca gorda, en cualquiera caso, tenía bastante más que ver con la borrachera de la noche del viernes en Madrid que con las fiestas de Alzira de unas horas antes. El fin de semana había sido "perfecto" para enfrentarse a un nuevo reto deportivo. Más insano imposible.
“¡¡15 SEGUNDOS!!”
“Al lío. Ya no hay marcha atrás. Este pinchazo que tengo al respirar debajo de las costillas en el costado derecho no creo que sea nada grave”, pensé mientras me tiraba al agua.
Agobio. Sí. Sentí agobio en las primeras brazadas. Esa es la palabra. Agobio.
Estaba atascado. La respiración no iba acompasada con el braceo. La cosa no iba bien.
Pasados unos minutos y, tras percatarme de que me estaba quedando a cola de pelotón, analicé la situación y me di cuenta de que era simplemente una cuestión psicológica.
“¡¡Relájate coño!!, que esta distancia la has nadado en piscina un montón de veces en las últimas semanas. ¿Qué más da que esto sea el mar y que allí debajo se muevan cosas no identificadas?”
Y me relajé.
Y le pillé el ritmo a la respiración.
Y me aticé de golpes con otros nadadores.
Y cambié de rumbo cincuenta veces por serios problemas de orientación.
Y me sentí increíblemente bien nadando en agua salada.
Y mucho antes de lo esperado llegué a la meta.
Y vi a Josero.
Y una vez más fuimos felices con una nueva experiencia deportiva.
Y me prometí a mi mismo que esto hay que repetirlo muchas veces.