
Domingo 17 de Junio.
Puerto de Navacerrada. 10 de la mañana.
Lluvia. Niebla.
Respiración entrecortada.
Estoy empapado. Tengo frío.
He completado los 8,5 kms de ascensión que unen el pueblo de Cercedilla con el alto del Telégrafo y la escena me recuerda a la de los ciclistas coronando puertos míticos del Giro o del Tour cuando sale un día de perros.
Me paro en el avituallamiento. Bebo un acuarius. Mastico una chocolatina. Pienso en la bajada que me espera. ¿Seguirán intactos mis tobillos cuando llegue abajo?
Después de que el monstruo me derrotara por tercera vez en Abril tenía claro que quería probar cosas nuevas. Este invierno había mejorado mis marcas en las 3 distancias (10K, media y maratón) y había llegado el momento de disfrutar de nuevas experiencias. Se acabaron las series y el cronómetro hasta Septiembre.
Travesía de natación por el mar, triatlón y carrera de montaña eran mis tres ilusiones, especialmente esta última. El Cross del Telégrafo fue la carrera elegida.
Pozuelo. 7 de la mañana.
Miro al cielo a través de la ventana de mi habitación y parece que allí arriba han abierto las compuertas. Llueve a mares.
Me planteo quedarme en mi confortable cama hasta que recuerdo que he quedado con merak y que tengo su dorsal. Tengo que ir a enfrentarme con la montaña y con la climatología. ¡Con dos cojones!
Cercedilla. 8:50 de la mañana.
Unos 200 valientes nos apretujamos detrás de la línea de salida esperando que empiece la carrera. Entre ellos tengo la suerte de saludar un montón de caras conocidas: merak, Igor, Jaime, Jacobo, Antonio, Elo, Esteban, Angeltroton y algunos tapieros... Todos calados. Sigue lloviendo.
Salgo tranquilo. Tengo claro que he venido a probar lo que es una carrera de montaña y no tengo ningún espíritu competitivo. Disfrutar, disfrutar y disfrutar. Ese es el único objetivo.
En seguida salimos del pueblo y nos adentramos en el monte. El primer embotellamiento se forma al llegar al río por primera vez. Allí los corredores hacen cola para esperar su turno y poder vadear el río usando las piedras para no meter los pies en el agua.
El tío que tengo delante riéndose divertido me suelta: “esto parece Humor Amarillo”. Observo la escena y es cierto que lo único que falta el es Chino Cudeiro. Unos tíos empapados bajo la lluvia intentando pasar por encima de unas piedras de un río sin caerse. Muchos no lo consiguen y acaban dando con sus pies dentro de las frías aguas chapoteando rápido para salir de ahí.
Espero mi turno y cruzo el río sin problemas. Será la única vez en toda la carrera que utilice piedras para hacerlo. Las más de quince veces que habrá que volver a cruzarlo lo haré ya corriendo por el agua, introduciendo los pies hasta las espinillas.
Cada vez que metes los pies en el agua se te quedan helados de lo fría que está y durante las primeras zancadas posteriores llevas las zapatillas repletas de agua en una sensación rarísima. Esto de cruzar el río por todo el medio fue una de las cosas que me encantó de esta experiencia. Muy aventurero. Muy auténtico. Una sensación acojonante.
La subida va de menos a más. Los primeros kilómetros son relativamente suaves y se puede correr sin problemas. Es difícil adelantar porque la senda es muy estrecha, así que decido que aunque los que llevo delante van bastante despacio, me voy a quedar ahí. Disfrutar, disfrutar y disfrutar.
La parte final de la subida es terrible y todo el mundo va ya andando. Los últimos 300 metros tienen un desnivel fortísimo y por momentos me parece que ni caminando seré capaz de llegar arriba. Me doblo sobre mis piernas apoyando las manos sobre las rodillas pero se me hace muy duro dar cada paso hacia delante.
Hace ya rato que nos estamos cruzando con los corredores que ya bajan buscando la meta. Me impresionó muchísimo ver descender a los primeros clasificados dando saltos como cabras por las piedras. “¡¡Están locos estos romanos!!”, pensé.
Por fin llego arriba. Hace un frío terrible. Estamos calados. Después de recargar las pilas en el avituallamiento pienso en que hay que bajar cuanto antes porque me empieza a dar la tiritona y creo que hay serio peligro de hipotermia.
La primera parte de la bajada es vertiginosa y me llevo un par de sustos fuertes. Decido que no me juego el físico y que si quiero llegar vivo abajo tengo que sujetarme.
Pero las piernas van ya tocaditas y en algunos tramos no me sujetan bien. Se me descontrolan, se me van los tobillos.... Paso momentos de cierta angustia y siento que la caída me espera detrás de cualquier piedra del camino.
Subiendo habíamos formado un grupo muy majo de tapieros, pero ahora bajando no soy capaz de seguirles. Lo intento, pero cada vez les veo más lejos, así que decido ir a mi bola.
Me he quedado solo.
Me paro para quitarme unas piedras que se me han metido en las zapatillas y espero que alguien me alcance por detrás. Pero no viene nadie.
La climatología ha decidido darnos un respiro. Ha dejado de llover y el día se empieza a abrir. Ahora sí se pueden ver las montañas y el precioso paisaje que nos rodea.
Recuerdo a lo que he venido. A disfrutar.
Y eso es lo que hago hasta la meta. Disfrutar como un enano.
Correr por la montaña sin mirar el cronómetro, disfrutar como nunca del aire puro, cruzar el río chapoteando, meter los pies en el barro hasta los tobillos, saltar por encima de piedras y raíces de árboles....
esa sensación de libertad....
ese paisaje....
la naturaleza rodeándome...
sintiéndome solo en el mundo....
Finalmente entro de nuevo en el pueblo de Cercedilla. Adelanto a un corredor en el mismo pueblo y me dirijo hacia la plaza donde el ambiente es espectacular.
Cruzo la meta con una sensación absoluta de felicidad. Han sido 2 horas y 13 minutos de maravillosas sensaciones.
Ha sido la primera de muchas carreras de montaña.
¿Quizá alguna vez el MAM (Maratón Alpino Madrileño)?
¿Por qué no?