
No sé exactamanete cuando ni porque nació mi particular fascinación por la II guerra mundial y por lo bélico en general. Pero sí sé que de mi batalla favorita, Stalingrado, y de la obsesión de Hitler por convertirla en las Termópilas de la era moderna me viene mi fascinación por Esparta, la polis con los mejores guerreros de la antigua Grecia.
Si las principales ciudades-estado griegas (Tebas, Atenas, Corinto, Argos...) se interesaron por el arte, el derecho, la agricultura y la ciencia a Esparta lo único que siempre le interesó fue el arte de la guerra. La sociedad espartana buscaba conseguir guerreros perfectos y aquellos que no estuvieran preparados para serlo no valían para formar parte de ella. Llegaban al extremo de arrojar a un acantilado a los niños que nacían enclenques o con alguna tara física. No valían para el campo de batalla.
Los guerreros eran formados desde la más tierna infancia a base de duros y constantes entrenamientos. Muchos de ellos nunca llegaban a ver el campo de batalla porque morían durante alguno de ellos. Se buscaba guerreros que no conocieran la palabra miedo ni la palabra dolor. Construían hombres con músculos y mentes de acero.
Nunca tuve la intención de hacer este blog. Pero cuando aquel día entré en el de la Sylvie y por simple curiosidad el puntero de mi ratón pinchó encima de “crear un blog” tuve que decidir como quería llamarlo. Pensé sobre lo que podría escribir en él y la conclusión fue que seguramente escribiría, fundamentalmente, de las cosas del correr. Y pensé que mi blog debería llamarse Esparta.
Y es que siempre he encontrado un paralelismo entre el guerrero espartano y el corredor popular. Para nosotros el campo de batalla es la carrera del domingo. Y en los entrenamientos cambiamos escudo y lanza por zapatillas y pulsómetro.
En esa especie de fantasía casi infantil encuentro en múltiples ocasiones la motivación para salir a entrenar o para finalizar un entrenamiento duro cuando la mente me pide a gritos que lo deje ya y me vaya para casa. Pienso en que un guerrero de Esparta no siente dolor, ni cansancio, ni miedo ni compasión de si mismo. Un guerrero de Esparta sufre entrenando para cuando llegue la batalla estar preparado. Y mientras sigo corriendo soy capaz de imaginarme a mi mismo con el escudo y la capa escarlata sobre mis hombros.
Es por eso que este blog se llama “Un lugar llamado Esparta”
Y seguramente tú, que estás leyendo esto, eres un espartano. Un espartano de la carrera a pie. O del trabajo. O del amor. O de la vida.
Mientras tengas una Esparta por la que luchar seguirás teniendo un motivo para seguir viviendo intensamente cada día.