martes, 28 de agosto de 2007

CdeS VI : Rabanal-Ponferrada

Etapa 3: El Ave Fenix

19 de agosto, Rabanal del Camino - Foncebadón – La Cruz de Hierro - Manjarín - El Acebo - Riego de Ambrós - Molinaseca - Ponferrada (34 kms)


Me levanté con la duda de si mi objetivo del día era continuar en la senda del Apóstol o buscar un buseto que me trajera de vuelta a casa. La única forma de saberlo era empezar a caminar y comprobar si el descanso del día anterior y los fuertes masajes que me había dado en las plantas de los pies habían valido para algo.

A las 7 de la mañana ya no quedaba ni una sola de las 30 personas que habían dormido en mi habitación. Es increíble lo temprano que se levantan los peregrinos. En días posteriores iba a escuchar a muchos ponerse en pie antes de las 5 de la mañana. Yo alucino. Cuando salí al pueblo aquello parecía desierto. De los cientos de peregrinos que por allí pululaban la tarde anterior no había ni rastro.

Las primeras sensaciones fueron realmente buenas. Ligeras molestias en los pies, pero insignificantes comparadas con las del día anterior.

El día había amanecido húmedo, frío, con bastante niebla y algo de lluvia. Los paisajes espectaculares.

Con ánimos renovados afronté la fuerte subida camino de la Cruz de Hierro. Al pasar por Foncebadón cogí una piedra con la intención de depositarla arriba en la Cruz (Antonio me había dicho por teléfono la tarde anterior que tenía que hacerlo).

Llegué arriba sin demasiados problemas y me detuve para hacer las fotos de rigor. En seguida me puse de nuevo en marcha porque hacía bastante frío.

La bajada me pareció espectacular, uno de los momentos mágicos de toda esta experiencia. Las montañas verdes rodeándolo todo, el inmenso valle allí abajo, Ponferrada en la lejanía, la niebla cubriendo los picos y el sol amenazando con salir para darle colorido a todo ello.

Llegando a Riego de Ambrós recibo una llamada de Antonio y de Elo que me dicen que van en el coche en mi búsqueda, que tienen ganas de verme (habían llegado la tarde anterior a Astorga para pasar unos días allí). La sorpresa y la alegría es enorme. Les digo que estoy llegando a Riego y que les espero en el bar del pueblo.

A los diez minutos de llegar se presentan ellos. Me han traído de todo: compeed, frutas, una pomada para los pies, bebidas…. Lo celebramos tomándonos varias cervezas y unos pinchos. Sin tiempo para mucho más nos tenemos que despedir, que se me hace tarde y hay que llegar a Ponferrada todavía.

Una cosa que me ha quedado clara en el Camino es que las bajadas son mucho más agresivas para las piernas que las subidas.

Llegando a Molinaseca llevo ya las patas hechas puré. Al llegar allí cruzo el puente románico sobre el río Meruelo y observo a un peregrino que ha bajado al río a meter los pies en el agua. La envidia que me da es tan grande que sin pensarlo dos veces decido imitarle.

¡¡¡Gozada total!!!

El agua está helada y el placer de meter los maltrechos pies dentro es indescriptible. Acompaño el momento con un bote frío de cerveza. La vista del puente y del pueblo sobre nosotros es espectacular.

Me hubiera quedado allí toda la tarde, pero me quedan 8 kilómetros y empiezo ya a tener ganas de encontrar una cama donde descansar un rato.

La entrada a Ponferrada se me hace eterna. El Camino se desvía a la izquierda y da mil vueltas hasta llegar al precioso Castillo de los Templarios. En medio de aquel ir y venir de calles me iba a suceder una de las mejores anécdotas que me deparaba esta aventura.

Llevaba ya bastante rato notando un fuerte dolor en el empeine del pie izquierdo cuando decidí detenerme, quitarme la zapatilla y descansar un poco. En estas estaba cuando de una casa cercana salió un señor que rápidamente se dirigió a mí:

-“¿Te duele el pie hijo?”
-“Sí, un poco”

Mi sorpresa fue mayúscula cuando aquel buen hombre se agachó y empezó a masajearme el pie. Después de un buen rato dale que te pego llamó a gritos a su hijo para que trajera “la pomada”. Rápidamente acudió el chaval con la misma. Y de nuevo masaje por aquí, masaje por allí. Finalmente sacaron una venda y me hicieron un vendaje.

Me disponía ya a marcharme, después de haberles dado mil veces las gracias, cuando la mujer, que un rato antes me había preguntado que si había comido, salió de la casa y me dijo:

“¿Pero donde vas? ¡¡Pasa para dentro que te he hecho la comida!!”

¿Cómo le iba a decir a esa gente que no? Así que con toda la vergüenza del mundo pasé para dentro y me puse hasta las cejas de churrasco, pan, panceta…. Al final me tuve que poner pesado de decirles que por favor no me sacaran más de comer que no podía más. Todavía antes de irme la mujer me dio una bolsa con unas rosquillas caseras y una botella de agua que me había preparado para la merienda.

Creo que nunca ha salido de mi boca tantas veces la palabra “gracias”. Lo único que me pidieron antes de irme es que le diera un beso al Santo de su parte.

Ahora sí que sí tenía que llegar a Santiago por cojones.

¿Es posible que una cosa así pueda suceder en una gran ciudad o en cualquier otro entorno? Me resulta imposible imaginarlo.

Todavía impactado por el ejemplo que aquella gente acababa de darme entré en Ponferrada cruzando el puente sobre el río Sil.

Allí me junté con dos vascos que acababan de llegar con sus bicicletas y con los que iba a hacer muy buenas migas. Esa noche jugaba el Madrid la Supercopa y quería verla. Si me metía en el albergue iba a ser imposible porque te obligan a estar dentro antes de las diez, así que decidí darme un homenaje y pillar hotel. Me metí en uno situado en la plaza central del pueblo. Un cuarto de baño para mi solo, aire acondicionado, cama grande de matrimonio, televisión…. Vamos, lo que es un hotel de tres estrellas, jejeje. Un lujo asiático en esos momentos.

Ducha rápida, masajes en los pies, estiramientos, un par de horas de descanso, salir a cenar con los vascos y buscar un buen garito para ver el fútbol. Menudo cenorrio que me metí entre pecho y espalda… Casi reviento.

Del partido mejor no digo nada.

En la foto el Puente y el Castillo de Ponferrada

2 comentarios:

Sylvie dijo...

Pues entre el zampón en casa de esa buena gente y el cenote, al día siguiente irías rodando, no?...virgen santa!...qué manera de sufrir el tío!!

los gallegos/leoneses (siempre dicen que son primos hermanos), son así...mira si llevo años veraneando en Galicia (los 35 que tengo) y siempre me sorprenden con su amabilidad y su entrega en todos los aspectos...Cuando me la piro del pueblo, voy cargada de orujos, verduras, chorizos y androllas...y no solo de mis familiares te lo aseguro...

Besitos.

Tetovic dijo...

Ya, a mi me pasa igual cada vez que voy a la aldea de mi padre. Te vuelves con el cohe a reventar de chorizos, patatas, panes, quesos, pimientos....

Hablando de zampar, te diré que en el Camino he comido como en mi vida. Desayunos (nunca desayuno), almuerzos (nunca lo hago), comidas y cenas bestiales y todo el día zampando guarrerias (galletas, chocolatinas, bolsas de patatas, caramelos, coca-colas...) y aún así he perdido dos kilos en una semana.

Pa'bernos matao.

Besos.